Las polaridades: el arte de integrar lo que somos

A lo largo de la vida vamos construyendo una imagen de quiénes creemos ser.

Nos identificamos con ciertas cualidades que son aceptadas por nuestra familia, nuestro entorno o por nosotros mismos, y poco a poco vamos dejando otras partes en la sombra.

Quizás aprendimos a ser fuertes y dejamos de lado nuestra vulnerabilidad.

Quizás nos identificamos con ser responsables y rechazamos nuestra parte más espontánea.

O tal vez aprendimos a cuidar de todos y olvidamos cómo cuidarnos a nosotros mismos.

En Gestalt a esto se le llama polaridades.

¿Qué son las polaridades?

Las polaridades son aspectos opuestos que conviven dentro de nosotros.

Algunas de las más habituales son:

  • Fortaleza y vulnerabilidad

  • Control y confianza

  • Responsabilidad y espontaneidad

  • Dar y recibir

  • Exposición e invisibilidad

  • Contacto y retirada

No son aspectos buenos o malos.

Son partes de nuestra experiencia humana.

El conflicto aparece cuando nos identificamos únicamente con uno de los polos y rechazamos el otro.

Cuanto más nos aferramos a una parte de nosotros, más fuerza adquiere la parte que intentamos evitar.

La construcción del autoconcepto

Desde pequeños aprendemos quién debemos ser para sentirnos queridos, aceptados o seguros.

Poco a poco vamos construyendo un autoconcepto.

Una idea de nosotros mismos basada en frases como:

  • "Yo soy responsable."

  • "Yo soy fuerte."

  • "Yo puedo con todo."

  • "Yo no necesito ayuda."

Aunque estas características formen parte de nosotros, no representan la totalidad de lo que somos.

Cuando una persona se identifica demasiado con una parte de sí misma, otras partes quedan excluidas y terminan apareciendo a través del cuerpo, las emociones, los conflictos o las relaciones.

La sombra: aquello que también somos

Todo aquello que rechazamos de nosotros mismos no desaparece.

Permanece en la sombra.

La sombra no es únicamente aquello que consideramos negativo.

También puede contener aspectos valiosos que no nos hemos permitido desarrollar.

Una persona que siempre cuida puede tener en la sombra su capacidad para poner límites.

Una persona que siempre es fuerte puede tener en la sombra su necesidad de apoyo.

Una persona que busca agradar puede tener en la sombra su capacidad para enfadarse y defenderse.

El trabajo personal consiste en reconocer esas partes olvidadas y darles un lugar.

El diálogo interno: el perro de arriba y el perro de abajo

Fritz Perls describió una dinámica interna muy frecuente a través de dos figuras:

El perro de arriba

Representa la exigencia, las normas, la crítica y los "deberías".

Es la voz que dice:

Tienes que hacerlo mejor.

No es suficiente.

Deberías esforzarte más.

No puedes equivocarte.

El perro de abajo

Representa la parte que se resiste, se cansa o evita.

Es la voz que responde:

Estoy agotado.

Déjame en paz.

No puedo más.

Ya hago lo que puedo.

Muchas personas viven atrapadas entre estas dos fuerzas internas sin encontrar un punto de equilibrio.

El campo: lo que veo fuera también habla de mí

Uno de los grandes aprendizajes del trabajo con polaridades es comprender que lo que nos impacta de los demás suele tener relación con nosotros mismos.

A veces admiramos ciertas cualidades porque son aspectos que no nos permitimos expresar.

Otras veces rechazamos comportamientos ajenos porque conectan con partes nuestras que no queremos reconocer.

Por eso el encuentro con los demás se convierte en una oportunidad para conocernos.

El otro actúa como un espejo.

El punto cero y el vacío fértil

Cuando comenzamos a cuestionar nuestras identificaciones habituales, puede aparecer una sensación de desorientación.

Las certezas dejan de sostenernos.

Las respuestas desaparecen.

Ya no somos exactamente quienes éramos, pero todavía no sabemos quiénes estamos llegando a ser.

A este espacio se le llama vacío fértil.

Es un lugar incómodo porque nos enfrenta a la incertidumbre.

Sin embargo, también es un lugar profundamente creativo.

Es el espacio donde algo nuevo puede nacer.

Dentro de ese proceso aparece lo que en Gestalt se conoce como punto cero.

Un estado donde dejamos de identificarnos con un polo o con otro.

No hay necesidad de elegir.

No hay necesidad de tener una respuesta inmediata.

Solo presencia.

Solo experiencia.

Solo la posibilidad de observarnos sin juicio.

Integrar para ser más completos

El objetivo del trabajo con polaridades no es eliminar ninguna parte de nosotros.

Tampoco consiste en elegir un polo y rechazar el otro.

El verdadero trabajo consiste en ampliar nuestra conciencia para poder reconocer ambas partes y permitir que convivan.

Ser fuertes y vulnerables.

Saber actuar y también detenernos.

Poder cuidar a los demás sin abandonarnos.

Poder retirarnos sin dejar de estar presentes.

Cuanto más integramos nuestras polaridades, menos rígidos nos volvemos y más libertad tenemos para responder a la vida desde lo que realmente necesitamos en cada momento.

Porque la salud no está en ser una sola cosa.

La salud está en poder ser muchas cosas

sin dejar de ser uno mismo.

Una práctica para empezar a reconocer tus polaridades

Te propongo un ejercicio sencillo que puede ayudarte a tomar conciencia de tu diálogo interno.

Busca un papel y divídelo en dos columnas.

En una escribe:

Perro de arriba

Y en la otra:

Perro de abajo

Ahora dedica unos minutos a escribir todo aquello que escuchas dentro de ti.

En el perro de arriba escribe las exigencias, los juicios, los "deberías", las críticas y todo aquello que te empuja constantemente.

Por ejemplo:

  • Tienes que hacerlo mejor.

  • No es suficiente.

  • Deberías esforzarte más.

  • No puedes fallar.

En el perro de abajo escribe la respuesta que aparece frente a esas exigencias.

Por ejemplo:

  • Estoy cansada.

  • Déjame en paz.

  • Hago lo que puedo.

  • Necesito descansar.

Cuando hayas terminado, coloca un cojín delante de ti y siéntate frente a él.

Imagina que en ese cojín está sentado tu perro de arriba.

Háblale en voz alta. Dile todo lo que necesites decirle. Permítete expresar cómo te sientes frente a sus exigencias.

Después cambia de lugar.

Vuelve a colocar el cojín delante de ti y ahora conviértete en tu perro de arriba. Responde desde esa parte.

Continúa el diálogo varias veces, cambiando de posición y permitiendo que ambas voces se expresen.

Lo importante no es hacerlo bien.

Lo importante es escucharte.

Escucharte de verdad.

Mientras realizas la dinámica observa:

  • ¿Qué sientes en tu cuerpo?

  • ¿Qué emociones aparecen?

  • ¿Qué parte habla más fuerte?

  • ¿Qué parte tiene menos espacio?

Cuando termines, tómate unos minutos en silencio.

Pregúntate:

¿De qué me estoy dando cuenta?

Ese darse cuenta es el primer contacto contigo misma.

No se trata de cambiar nada.

No se trata de resolver nada.

Se trata de comenzar a ver.

Y muchas veces, la transformación empieza exactamente ahí.

Sonia García

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